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San Francisco, la ciudad de los chicos con barba
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San francisco alguna vez fue el epicentro del movimiento por los derechos de las personas homosexuales en Estados Unidos. Hoy es una urbe de laboratorios de innovación tecnológica, boutiques de lujo y luces de neón, en la que conviven la opulencia y la pobreza extrema. Crónica insolente de un escritor desencantado.

San Francisco es una ciudad donde la gente camina un poco más lento que en Nueva York. Donde el sol pelea con ese frío que llega del Pacífico. San Francisco es una ciudad que brilla de día y de noche tiene una extraña luz, mezcla de glamour y sensibilidad.

San Francisco es jodidamente peluda y larga, como una barba descuidada, llena de canas o a ras. Puede ser una barba pintada de colores –si se quiere color arco iris– o tinturada de negro casi azul. También puede ser desordenada y arrebatada, como pasto descuidado. No importa. San Francisco se pavonea mostrando su barba, con ínfulas de intelectualidad y madurez. No importa cómo la quieres: en forma de candado o escandalosamente enorme: desde el mentón a la barbilla y sin bigote, como la de los amish, el tradicional pueblo de granjeros que se mantiene alejado del resto, tienen su propio idioma y conservan costumbres que datan de siglos atrás. La barba es a la vez rebeldía y moda; una mezcla contestataria y banal.

Cuando pienso en San Francisco ya no solo pienso en Silicon Valley, Jack Kerouac, Scott McKenzie, con su bigotico regordete y peluqueado, cantando: if you’re going to San Francisco, be sure to wear some flowers in your hair. O en el Golden Gate con sus 227 metros de altura y más de un kilómetro de largo, que parece sonreírle a la ciudad como un oxidado mostacho que todos quieren fotografiar.

Ya ni siquiera puedo pensar tan solo en Castro, ese lugar soñado por millones de hombres homosexuales en el mundo. Ese paraíso gay que se torna distante, perfecto, acogedor e irreverente. Y que en últimas no es más que una postal desactualizada, anacrónica y mentirosa.

Ahora cuando pienso en San Francisco también pienso en los hombres con barba, que pueden ser simples caminantes, odiados techies, drogadictos sin rumbo, geeks con los bolsillos cargados de dinero electrónico, pensionados sin mucho por hacer, maquinistas obesos, vendedores de souvenirs, hípsters delgados, gordos o musculosos; agentes inmobiliarios, millennials o cajeros de banco. O una extraña mezcla indescriptible de blancos, negros, asiáticos, latinos, mezclados y remezclados. Turistas, inmigrantes o nativos. Los chicos en San Francisco van caminando con desparpajo, con su barba cuidada, riéndose de todos, haciendo cara de que todo les importa nada, de que se ven guapos, de que son muy modernos, muy sanfranciscans. Sí, van caminando por ahí y cuando se cansan pues suben a su muy avanzado y costoso sistema de transporte público: un sistema que te cobra cuando subes y cuando bajas.

San Francisco no solo es una ciudad de chicos con barba, es también una ciudad de adictos al crack y de nuevos vecindarios donde viven comunidades enteras de inmigrantes asiáticos o centroamericanos, pues San Francisco huele a chipotle, chanfaina, pasteles de picadillo, enchiladas… en otras palabras, San Francisco es comida centroamericana: Honduras, El Salvador o Nicaragua.

También es el lugar para los homeless, gente sin hogar que puede verse en cualquier esquina de la ciudad. Arropados, con el estómago satisfecho, fumando cigarrillo, conversando, escuchando música a todo volumen y con sus barbas despelucadas. Son tantos que en una intersección de calles de pleno Market Street, poco antes de llegar al antiguo puerto, lo que hoy se conoce como Embarcadero, logré contar más de 24 homeless agrupados entre 7 y 9 individuos, todos fumando, conversando y riendo con sus barbas sucias de comida y canas amarillas.

Y uno se pregunta ¿por qué tanta pobreza en un país tan rico, en una ciudad llena de dinero? Y la respuesta puede ser sencilla: miles de gente sin hogar que llegan a esta ciudad atraídos por beneficios impensables en otros lugares de Estados Unidos. Aquí se les ofrece comida y casa gratis. Además, San Francisco se caracteriza por tener un clima generoso si lo comparamos con New York, Boston o Washington: playa y sol –aún en invierno–, lo que les permite caminar de día, vivir la calle y cuando llega la noche dormir donde lo agarre el sueño, si no alcanza a llegar a uno de estos hogares de paso.

Sin embargo, muchos de estos homeless son nativos, sanfranciscans que por distintas razones hoy viven en la calle o porque no hubo más empleo y no pudieron pagar la hipoteca, o porque el precio de los alquileres, transporte, servicios básicos y demás necesidades subieron exageradamente impulsada por el dinero que llega a la ciudad de la mano de jovencitos de jean y camiseta que traen en su teléfono inteligente o pequeña tablet un proyecto o, como se le conoce, una compañía startup que revolucionará el negocio de las puntocom. El sanfranciscans le toca vivir lejos del centro, cada vez más lejos de San Francisco, casi pasando el puente allá en Oakland. Hoy San Francisco es una ciudad innovadora, en ella se agrupan compañías pioneras en tecnología y desarrollo de software. Ideas que producen millones de dólares que luego llegan a los bolsillos de programadores y diseñadores de plataformas web, videojuegos o aplicaciones para teléfonos celulares. Jóvenes que compran casas viejas y hermosas sin chistar: uno, dos, cinco y hasta nueve millones de dólares se han pagado por estos inmuebles. Nuevos vecinos, nuevas estrellas de las redes sociales, carros nuevísimos y caros, alquileres impagables para compartir su misma calle. Pero, en la ciudad de las innovaciones es todavía difícil encontrar una cobertura wifi de ciudad, de no ser por los almacenes, restaurantes o centros comerciales.

Por las barbas de Castro

Castro es el barrio gay de San Francisco. Aquí también hay hombres con barba y muchas banderas de color arco iris, lo que hace de este lugar un inevitable sitio de socialización de hombres homosexuales. Así como existen tipos de barbas, existen tipos de hombres gay que llevan barba. En Castro esta tipología suele estar acompañada de un perro pequeño amarrado de un lazo que se extiende según las necesidades del perro (o su amo), un coche con algún bebé vietnamita (que acaba de ser adoptado) y dos chicos con sus barbas bien perfiladas que disfrutan de la tarde, de pasear a su perro, de exhibir a su hijo. Castro es un lugar común donde los hombres gays pasean orgullosos de una lucha que, seguramente, desconocen. Castro es como una barba mal cuidada, pegajosa de sopa, como la barba de Bukowski pero sin Bukowski.

En Castro, por lo menos en algunas de sus calles, lo gay y su reivindicación política se reduce a tiendas de ayudas sexuales, sex-shops de a un dólar, banderitas arco iris para adornar los locales, y cientos de homosexuales de todas las nacionalidades buscándose en algún rincón olvidado de estas calles por donde caminó Harvey Milk, aunque seguramente su referente más cercano es Patrick, Richie o Dom, algunos de los personajes de la serie Looking, producida por HBO, quienes también, en la ficción que todos creen que es la San Francisco gay, caminan por las calles de Castro, perdidos, buscando algo que ni los libretistas saben qué es.

Y desde allí, desde Castro, caminando frente a su emblemático teatro y esquivando el frío que se mezcla con la música de los bares y discotecas que no aportan gran cosa a la industria del entretenimiento nocturno, me dirijo a la estación, específicamente a la Harvey Milk Plaza, a tomar el tren de regreso a casa. Mientras tanto pienso en cómo algo tan pertinente, como es la lucha por habitar la sexualidad desde otros lugares, puede ser reducido a una bandera de siete colores o a bares de descamisados. En el andén, esperando el tren, tres jovencitos delgados, de barbas prolijas, acaso superan los 20 años, conversan con sus voces chillonas y entrometidas. Huyen de Castro. No se entienden en estas calles despersonalizadas. ¿Pero cómo pretender que hoy en una ciudad como San Francisco lo gay siga siendo gueto, arrinconado en cuatro esquinas? Seguro que Castro fue un territorio de reivindicaciones de todo tipo, movilizadas por hombres y mujeres que transitaban por espacios deslocalizados. Ese puede ser el valor de este emblemático y algunas veces sobrevalorado lugar; sin embargo, hoy está tan cerca de la norma que es difícil distinguir otras propuestas para el sexo, el cuerpo, la convivencia y, más complejo todavía, reconocer una propuesta desde las llamadas otras sexualidades o sexualidades no convencionales. Castro se me antojó tan convencional que su tiempo no es el de hoy; Castro vive por su pasado.

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