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El laberinto de las dunas
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Todas las noches decenas de hombres se encuentran a la sombra de los árboles entre las dunas de la islas canarias. Nuestro cronista aprovechó su paso por este espacio para conocer qué tan ciertas eran las historias y leyendas que había escuchado sobre el mismo. Esta es su propia historia.

Mi paso por la singular isla de Gran Canaria fue una de esas experiencias que uno recuerda con cierta sonrisa y cierto rubor juvenil.

Gran Canaria, bautizada así por los colonizadores españoles, debe su nombre a los perros inmensos que se encontraban allí, más no a los canarios –canes en latín– que uno se imaginaría tan pronto escucha este colorido nombre. Lo cierto es que este lugar paradisiaco y con uno de los climas más benignos del mundo, resulta ser uno de los lugares de escape más apetecidos de los gays en Europa, sobre todo en la época invernal.

Permanecí allí una semana, los últimos días de diciembre y los primeros de enero, en busca de esos placeres que prometen en revistas, agencias, páginas web, de voz en voz, en fin, me fui pensando en que allí se encontraba la meca de ambiente por excelencia.

Si bien toda la isla se caracteriza por su liberalidad hacia los homosexuales, de modo que existe un centro comercial dedicado para este público: desde restaurantes, cafés, bares y más bares, numerosas presentaciones de transformistas, travestis, que amenizan la noche con sus números curiosos, aunque desafortunados en muchas ocasiones, el punto de encuentro más apetecido en aquel lugar cuasi desértico no vienen a ser las variadas discotecas, ni los bares temáticos, ni siquiera los cuartos oscuros. En absoluto. El éxtasis se suele experimentar entre las dunas y sus escondrijos, entre sus recovecos de piedra, plantas resecas que alguna vez fueron verdes, árboles destartalados en los que se echan a dormir la siesta un montón de lagartos ahítos de heces, pues es de lo que más se alimentan y de lo que más los proveen los generosos habitantes.

Para alcanzar este oasis, se deben caminar cientos de metros, con todos los implementos a la mano o dentro de un bolso. Luego, uno empieza a divisar el horizonte: en cada esquina, encaramado entre las dunas y las curiosas formas que adquiere la arena, se descubre algún hombre a la espera, cual águila que aguarda a su presa para cazarla, con una tranquilidad y un cálculo de francotirador. El tiempo allí suele transcurrir con una lentitud conmovedora, y sólo el frío anuncia la hora de abandonar este teatro de sensualidades.

Una vez uno se encuentra perdido entre este laberinto de arenas infinitas, con la inquietud de perderse y dar vueltas sin sentido, se empieza a caminar como un zombie, ya sea en bola o con unos trapitos encima para no pescar un resfriado, pero qué va: si allí el sol está por doquier y hay que aprovechar para broncearse como Dios manda, pues en Europa lo que hay es frío hasta para botar.

En fin, no es exagerado afirmar que en cada matorral se esconde algún hombre, o un grupo de personas, en medio de una orgía o de un numerito rápido, para matar el tiempo. Gritos y gritos, manos que salen de la nada, que desean agarrar algo, lo que sea, invitaciones con los ojos, miradas que se clavan literalmente en alguna parte del cuerpo, forman parte de este recorrido inusitado por Gran Canaria. Se trata, en otras palabras, de una caravana, de una travesía en la que marchan múltiples nacionalidades, en la que se hacen toda clase de propuestas, y donde uno percibe que puede ser usado para cualquier tipo de juego o fantasía, así sea con la mirada.

Los participantes son, en su mayoría, adultos que superan los 33, un gran porcentaje está representado por jubilados y señores que tienen todo el tiempo del mundo para echarse una canita al aire. Eso sí, los chicos jóvenes parecen expulsados de este paraíso, como si su lugar de encuentro tuviera lugar en un sitio secreto o, mejor dicho, como si todo se diera por medio del celular. Los tiempos cambian, y a mí me da la impresión de que los gays anteriores a mi generación, es decir, la de los 90, siguen creyendo en esa época dorada en la que todo se presentaba cuerpo a cuerpo, en el encanto de los bares y las discos. Pero esta idea romántica se ha ido transformando vertiginosamente, al punto de que las citas se preparan en cuestión de segundos, y basta con una aplicación para encontrarse con alguien que está a unos metros de distancia, en cualquier punto de una ciudad.

Las dunas se mantienen en ebullición hasta avanzada la noche. Muchos insomnes se precipitan allí en busca de una aventura inolvidable que les cambie la vida y les haga más agradable la existencia. En cuanto a mí, puedo decir que me sentí en un purgatorio, distinto del que me pintaban de niño, distinto al que describen Dante en su Divina Comedia y a Juan Rulfo en Pedro Páramo: lo viví lleno de arena calurosa que se mete por los poros, rodeado del mar azulado, de la brisa inquieta, acompañado de muchas ánimas en pena, y confirmando que yo también soy una más. Estoy seguro de que cualquiera que visite esta isla no la olvidará fácilmente, o la recordará con algo de rubor en sus mejillas…

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