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Educar en la diversidad, respetar la vida
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Cuando hace apenas un puñado de años los representantes de colectivos LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales) españoles acudíamos a encuentros educativos nos encontrábamos, como poco, con la extrañeza del resto de los participantes. ¿Qué tiene que hacer un colectivo que lucha por los derechos de las personas homosexuales, bisexuales o transexuales en un foro educativo?

Y, sin embargo, la relación para nosotros era obvia: un importante porcentaje del alumnado es LGTB, mantiene dudas sobre su identidad sexual o, sencillamente, todavía no se la ha planteado; también entre el profesorado hay profesionales de todas las orientaciones sexuales y con diversas identidades de género; entre las familias que forman parte del sistema educativo, algunas están formadas por parejas heterosexuales, pero otras no. A pesar de todas estas evidencias, el sistema no contemplaba bajo ningún prisma esta diversidad sexual y familiar que, por el estigma social que llevaba asignada, permanecía básicamente invisibilizada.

Años después, tras haberse modificado el Código Civil para regular el matrimonio entre personas del mismo sexo, y haber sido aprobada la Ley de Identidad de Género que devuelve la dignidad a las personas transexuales, la sociedad española ha experimentado un cambio radical en la percepción de la diversidad sexual. Lo políticamente correcto ahora es respetar las diferentes opciones, naturalezas o formas de comprender los afectos.

Atendiendo a ese cambio social, la LOE (Ley Orgánica de Educación) incluyó como uno de los principios rectores de la educación en España el “reconocimiento de la diversidad afectivo-sexual”. Todo parece, pues, dirigido por el camino constitucional del respeto a la diferencia y a la protección de las minorías. Pero la realidad no es así. El sistema educativo aparece fortificado, ajeno a esa evolución y, en realidad, a la vida y los sentimientos de una buena parte de las personas que forman parte de él. Digámoslo claramente: este sistema fracasa estrepitosamente con un importante número de jóvenes puesto que no les aporta las herramientas y los referentes que necesitan para desarrollar una correcta autoestima y para afrontar con seguridad su realidad sentimental frente a los estigmas y la homofobia y transfobia sociales. Ni siquiera es capaz, como veremos, de garantizar su seguridad física y psicológica.

Ante la pasividad de los poderes públicos, en los últimos cinco años la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales, principal organización LGTB de España, de la que forman parte 54 asociaciones de todos los rincones del país), ha hecho un gran esfuerzo por desarrollar una serie de investigaciones que demostraran que en las escuelas y en los institutos, se sigue rechazando, excluyendo y violentando a los y las jóvenes a causa de su orientación sexual o su identidad de género. De este esfuerzo han salido los estudios “Homofobia en el Sistema Educativo”, “Adolescencia y sexualidades minoritarias: voces desde la exclusión”, “Actitudes ante la diversidad sexual de la población adolescente de Coslada y San Bartolomé de Tirajana”, y “Jóvenes LGTB”, este último presentado este mismo año. Todas las anteriores investigaciones pueden ser consultadas en la página web www.felgtb.org.

Se trata de investigaciones realizadas con distintas metodologías, sobre diferentes muestras y ámbitos territoriales, avaladas por universidades, ayuntamientos y algún ministerio. Incluso han recibido algunos premios de investigación social y educativa. Y todas se muestran tozudas en las mismas e inequívocas conclusiones que podríamos resumir de la siguiente manera:

  • La homosexualidad, la bisexualidad y, sobre todo, la transexualidad, suponen un grave riesgo de exclusión para los adolescentes.
  • El sistema educativo es uno de los espacios donde con más fuerza se materializa esa exclusión.
  • En torno a un 30% de los varones escolarizados no acepta tener compañeros gay.
  • Un 55% de los adolescentes LGTB han sufrido algún tipo de violencia en sus centros escolares.
  • La inmensa mayoría de estos jóvenes no obtiene referentes positivos sobre su realidad afectiva ni cuentan con el apoyo del profesorado.
  • Aunque su edad de inicio en las relaciones sexuales está entre los 15 y los 16 años, la educación sexual que reciben es prácticamente nula.

Así podríamos seguir durante horas aportando datos que invitan a la reflexión. Porque, además, ¿a qué porcentaje de población nos estamos refiriendo? En la investigación “Actitudes ante la diversidad sexual…”, el 5% de los 4.600 adolescentes encuestados se declaraba lesbiana, gay, transexual o bisexual. Hasta un 10% más no se adscribía a ninguna etiqueta –tampoco a la de heterosexuales-, sea porque no lo considera necesario, porque no lo tiene todavía claro o porque todavía no se atreve a aceptarse. ¿De cuántos miles de jóvenes estamos hablando, pues, cuando aseguramos que están en grave riesgo de exclusión por su orientación sexual o su identidad de género? Así, con un cálculo aproximado, podríamos afirmar que entre 175.000 y 450.000 estudiantes de secundaria en España se consideran a sí mismos LGTB o no quieren/saben definirse de ninguna manera.

Ante esta situación, con las asociaciones LGTB atendiendo a diario llamadas de estos jóvenes que demandan ayuda al no contar, con excesiva frecuencia, ni con el apoyo de su profesorado ni con la complicidad de sus familias, la FELGTB ha decidido dedicar este año a concienciar a la sociedad sobre este problema. Un problema que afecta a todas las capas sociales, a las grandes ciudades y al ámbito rural (aunque los estudios nos muestran que la exclusión es mayor en las ciudades de menor tamaño), a todos los rincones de nuestro sistema educativo.

Por eso se ha declarado este 2009 como Año de la Diversidad Afectivo-sexual en la Educación. Se trata de un intento de establecer un debate social, de evidenciar unas carencias, unas necesidades. De mostrar una realidad que, pese a quien pese, está allí y no va a desaparecer por mucho que se vuelva la vista hacia otro lado. Es un año para reivindicar lo imprescindible que es una asignatura como Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos en la que se trabaje el respeto a la diversidad. Que enseñe que el reconocimiento y el respeto a la diversidad humana no es una cuestión de doctrina, sino de justicia, de amor, de obediencia a la Constitución.

Pero también un año para que se comprenda que los valores de fraternidad y justicia no han de estar incluidos solamente en una asignatura, sino que deben trabajarse longitudinal –desde la enseñanza infantil a la universitaria- y transversalmente –en todas las materias y situaciones-. Que los insultos y las agresiones homofóbicas y transfóbicas deben estar excluidas de las aulas y los recreos; que el profesorado debe ser formado para conocer, reconocer y hacer respetar esta diversidad como cualquier otra; que las familias tiene que aprender, igualmente, a gestionar esa diversidad sin considerarla una vergüenza y sin excluir a sus miembros más débiles.

Se trata de que entre todas y todos –familias, educadores/as, alumnado, poderes públicos, etc.- abramos los ojos y reconozcamos que esta sociedad es plural y que nuestros menores no pueden ser excluidos o menospreciados ni por su condición personal ni por su liación familiar. Y que preservemos, igualmente, el derecho a conocer y respetar la diversidad como un bien irrenunciable para cualquier joven, in- dependientemente de su orientación sexual o su identidad de género, de sus creencias religiosas o de sus posicionamientos políticos.

Para lograr esto, la FELGTB propone una serie de intervenciones como son la presentación con debate público de nuevas investigaciones, la circulación por todo el estado español de la exposición “Érase una vez dos mamás”, que muestra múltiples cuentos infantiles que hablan de la diversidad familiar, la realización de cursos universitarios o de formación de profesorado, el desarrollo de encuentros de familias homoparentales, la publicación de materiales pedagógicos que faciliten el trabajo de los y las docentes, etc.

Este es un año, pues, que tenemos que construir con el compromiso y la colaboración de toda la comunidad educativa y que ha de significar un comienzo. El del camino que nos conducirá a que en los años venideros, la homofobia y la transfobia desaparezcan definitivamente de nuestro sistema educativo.

Disfrutemos, pues de este Año de la Diversidad Afectivo-sexual en la Educación y tomémoslo como una oportunidad para que todas y todos aprendamos, para que colaboremos en dar la oportunidad a toda esa juventud que hoy vive anclada en el miedo, en el disimulo y en la inseguridad de mostrarse tal y como es, en plena libertad. No es una cuestión, insisto, de ideología ni de creencias religiosas, es una cuestión de humanidad, de amor por nuestras hijas y nuestros hijos. Apostemos, simplemente, por que este sector de la juventud deje de ser, ni más ni menos, que un agujero en la Constitución Española.