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¿Dónde queda el bar rosa?
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Durante mucho tiempo, la habana ha sido un destino turístico gay para cientos de visitantes de todo el mundo. Muchos van a esta capital para conocer “la isla comunista de los castro”; otros, para recorrer sus costas tropicales de arenas blancas; y no pocos van por la oferta sexual que esta ciudad ofrece. Nuestro cronista no fue precisamente por sexo, pero se encontró con una ciudad en la que parece haber de todo y para todos los gustos.

Era viernes y teníamos ganas de salir de fiesta. Llevábamos dos días en La Habana y muchos cubanos ya nos habían dicho que sólo hay que salir a la calle para encontrarse a Los Van Van tocando en vivo.

La intención era escuchar buena salsa, pero también queríamos conocer la movida gay de esa calurosa ciudad congelada en el tiempo. La expectativa era alta, así que días antes del viaje consulté las guías Lgtb en la web, pero no encontré con exactitud las coordenadas.

Así que le pedimos a Willy, el taxista que siempre nos transportaba desde el hotel en Miramar al centro de La Habana, que nos recomendara un buen sitio para salir de rumba. Parecía entender el perfil de lo que queríamos.

Eran los últimos días de agosto y el sol alumbraba con fuerza hasta las 8:00 de la tarde. La Habana es una ciudad que se puede disfrutar caminando, pese al sol canicular que te quema la espalda, pues vas pasando por las calles y alguien toca la guitarra, otro pinta en el andén y los chicos juguetean por todas partes.

Los edificios del centro histórico se caen de la humedad y el deterioro, los balcones están abarrotados de ropa y los colores tropicales de las fachadas se destiñen en tonos pasteles. Es imposible resistirse las ganas de tomar una foto.

Tienen en el centro de la ciudad un capitolio -similar al que está en Washington y cuya cúpula mide cerca de 91 metros de altura. Es bellísimo. Pero ahora imagínelo cubierto de lonas verdes y andamios por obras de restauración que llevan varios años. Justo al frente hay otros edificios viejos con ropa que cuelga de los balcones, están parqueados los caballos de los carretilleros, y circulan vehículos de hace 60 años.

Desde que llegamos a Cuba, los taxistas y los vendedores ambulantes nos recomendaban visitar el Floridita, la bodeguita del medio, la Calle Obispo, el museo de la Revolución y las mujeres. “Tienen que probar cubana”, repetían una y otra vez.

Pero el turismo sexual nunca ha sido atractivo para mí. Estaba de viaje con mi pareja y lo único que queríamos era empaparnos de la cultura de la isla, pero al ver a dos hombres juntos, la mayoría de los cubanos asumían que estábamos interesados en las jineteras, nombre con el que ellos llaman a las prostitutas.

Sólo le dijimos a Willy que queríamos disfrutar de buena salsa. El error fue no ser más específico.

Willy nos recogió en el Meliá Habana a las 10:00 p.m. y recorrimos la ciudad por 15 minutos sobre una autopista libre de tráfico. En Cuba no hay trancones porque son muy pocos los carros. Y llegamos al centro de la ciudad, hasta las puertas de La Casa de la Música, un viejo teatro que aún no abría las puertas.

La rumba en Cuba empieza después de las 12:00, porque en verano los días son muy largos.

Para distraernos, Willy nos dio un paseo por las oscuras calles de la ciudad. Empezamos con un par de mojitos en El Conejito, un bar decorado con camisetas de los equipos de fútbol más famosos del mundo, y sitio favorito de Maradona, según cuentan ellos con orgullo.

No pasamos mucho tiempo en El Conejito. Calculen entonces cuánto sabré de fútbol.

A las afueras de la Casa de la Música la fila se tornaba cada vez más larga. A simple vista se notaba quiénes eran cubanos y quiénes no. Los cubanos no usan reloj y su vestuario se nota anticuado, algunos son muy exagerados y unos, muy pocos, apenas están aprendiendo a usar su celular.

De repente llegaron ellas, eran como 20 chicas jóvenes, casi todas con mini vestidos de estampados vibrantes. Blancas, mulatas, rubias y morenas. Se hicieron a nuestro lado y no nos determinaron.

Luego entramos. El ticket costaba 20 pesos cubanos convertibles (CUC), aproximadamente 20 dólares, y esa noche tocaba en vivo la agrupación Azúcar Negra. El lugar es un viejo teatro adecuado como discoteca, con una tarima alta al fondo adornada con un gran telón rojo. En el sitio sonaba Alejandro Sanz, Chayanne y Carlos Baute. –Debe ser la música para calentar– pensé.

Nos sentamos a una mesa cerca de la barra y las chicas de mini vestido comenzaron a saludarnos, lanzarnos besos y a desfilar por toda la discoteca.

Pedimos algunos mojitos y unas cuántas “Bucanero”, una deliciosa cerveza nacional, y segundos después dos de las chicas se sentaron en la mesa para ofrecernos compañía. Nos pareció gracioso y les dijimos que no.

Era el bar equivocado, pero justo empezó a tocar Azúcar Negra. –Ya qué –, le dije a mi pareja. Luego se sentaron otras dos chicas a la mesa. Nosotros sólo negamos con la cabeza.

En la discoteca había más de 50 jineteras y cada vez que entraba un hombre a la discoteca se movían como un hambriento cardumen. Mientras los extranjeros caminaban algunas les agarraban la mano, los abrazaban y los seguían hasta la barra. Eran cuatro chicas por cada hombre que entraba.

Muchas estaban realmente desesperadas. A nuestra mesa se acercaron 10 chicas más en el transcurso de dos horas. Nos pedían entre 60 y 70 CUC por sexo, en un país donde una cerveza cuesta 2 CUC, un almuerzo 5 CUC y una botella de Havana Club 15 CUC. Nunca entendieron que éramos pareja y algunas insistieron tanto que lograron fastidiarnos.

Pero el sitio no es un burdel. En Cuba la prostitución está prohibida y las jineteras que asisten a las discotecas pagan su entrada para poder ‘cazar’ extranjeros. La mayoría de ellas vienen de pequeñas ciudades del país a buscar suerte en La Habana prostituyéndose, porque en la ciudad no hay mayor oferta laboral, ya que no hay empresas, ni industria, ni una buena producción agrícola. Entre los trabajos más codiciados está trabajar en un hotel, porque los turistas dan buenas propinas, y muchas veces regalan u olvidan sus desodorantes, shampoo, cremas de afeitar o el papel higiénico, productos de difícil acceso para los cubanos. Uno de los amigos que hicimos en el viaje, estudiante de Historia en la Universidad de La Habana, me pidió que le describiera la piscina del hotel.

–Yo quisiera trabajar en un hotel para nadar en una piscina–, agregó.

Sin embargo, el sexo es más rentable. A las 2:00 a.m. algunas de las chicas que lograron conquistar, sacaban a los hombres de la mano de la discoteca. Azúcar Negra estaba finalizando su presentación y las chicas que aún no tenían presa nos preguntaron nuevamente por descarte.

Salímos de allí y Willy nos esperaba afuera. –¿No les gustó ninguna? Bueno en la Casa de la Música que queda en Miramar (otro barrio de La Habana) son más caras, cobran 100 CUC porque allá hay rusas, europeas y cubanas. ¿Quieren que los lleve?–

Él tampoco se daba por vencido. Luego nos ofreció un apartamento con 10 chicas, habló de habanos y de conseguir el ron más barato.

Pasamos por el malecón, un paseo de ocho kilómetros que bordea al mar Caribe, y frente al majestuoso Hotel Nacional, vimos a un grupo de travestis desaliñadas.

La mayoría del turismo sexual gay tiene sede en el malecón, frente al teatro Yara o cerca al Capitolio. Nada nuevo, así lo relatan muchos blogs gay en internet y lo ilustran películas rosa cubanas como La Partida.

Incluso, muchos de los jóvenes que se prostituyen en Cuba con hombres, no son necesariamente homosexuales. Lo hacen por dinero, ropa, aparatos tecnológicos y hasta por un par de zapatos originales, ya que en Cuba no hay comercio voraz, ni siquiera hay publicidad en las calles. El salario mínimo equivale a 20 dólares.

Las vitrinas de las tiendas no tienen más de dos bolsas de azúcar, botellas con agua, y una bolsa de arroz. Si no hay ni pasta dental, ahora piense lo difícil que es encontrar un condón, en uno de los destinos de turismo sexual más visitado del mundo.

Según cifras del Ministerio de Salud Pública de Cuba publicadas en medios nacionales, los casos de VIH superaban en el 2013 los 60 mil, en un país de 11 millones de habitantes. El 60% de los casos están asociados a hombres que tienen sexo con hombres.

Las travestis fueron el pretexto para preguntarle a Willy por la movida gay de la ciudad. “Sí, acá en el malecón es donde se reúnen los maricones”, dijo.

–¿Quieren un ragazzo para llevarse al hotel? –, añadió.

–Willy, sólo queríamos una buena fiesta.

–La de la Casa de la Música es la mejor–, contestó.

No preguntamos nada más.

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